miércoles, 19 de marzo de 2014
CAPITULO 43
Esta noche fue una mala idea. Por supuesto Pedro se dio cuenta demasiado tarde. Cesar, Carolina, Monica, la buena amiga de Carolina, y Paula, todos se sentaron alrededor de la mesa disfrutando de bebidas y bromeando. Bueno, todo el mundo disfrutaba de esas cosas. La postura de Paula era rígida, con los brazos cruzados sobre el pecho y su expresión fue aplastante.
El plan era celebrar el nuevo trabajo de Paula. El plan de Pedro no incluyó a Monica mirando maliciosamente a Paula y frotando su muslo bajo la mesa. Maldita sea, ¿no podía un hombre disfrutar de una cerveza en paz? Ya estaba a la espera de más tarde, sólo él y Paula, en la tranquila soledad de su casa.
La mirada de Paula se quedó sospechosamente en Monica, la muy bonita amiga rubia de Carolina, que coqueteaba con él, comiendo sin piedad lentamente la aceituna de su Martini mientras sus ojos seguían fijos en los de Pedro, seductoramente meneando las caderas cuando ella cruzó la habitación, inclinándose, susurrando mientras elevaba su mano alrededor de su bíceps.
Después de varios minutos, Paula se excusó, huyendo de la mesa, como si su vida dependiera de ello.
—Discúlpenme. —Pedro corrió tras ella. Alcanzó a Paula en la barra, donde se encontraba de espaldas a él. Se tensó cuando el calor de su cuerpo invadido su espacio, sintiendo que se encontraba cerca.
—¿Has dormido con ella? —preguntó, su voz débil.
Mierda. —¿Monica?
Se volvió hacia él y asintió.
—Sí. Hace mucho tiempo.
—¿Más de una vez?
Pedro asintió.- Un par de veces. Borracho.
Paula se volvió alejándose de él.
Pedro se encontró con ella cerca de los baños y la agarró del codo. Si pensaba que podía escapar de él, se equivocaba. Conocía todos los rincones del bar de Cesar, y no se oponía a entrar en la habitación de las chicas, si eso es lo que hacía falta. —Paula, espera. ¿Por qué estás enojada?
Respiró temblorosamente, con el pecho agitado por el esfuerzo.
Nunca la había visto enfadada antes, pero parecía tener problemas para mantenerse bajo control. —Dime —ordenó.
Lágrimas inundaron sus ojos, pero no corrió, no trató de escapar de nuevo. —¿Puedo, por favor, estar cerca de una sola mujer que no has tocado? ¿Es eso mucho pedir? —Su voz estaba llena de ira, sus ojos ardiendo en la suyos.
—Está Carolina. —Asintió con la cabeza en dirección a su hermana, que los miraba con cansancio, como si hubiera estado esperando esto para hacer estallar en su cara.
Paula suspiró, exasperada. —Correcto, Carolina, la única persona que va a compartir contigo emocionalmente.
La frente de Pedro se arrugó por la confusión. —Paula. —Su nombre en sus labios era una súplica rota. ¿Sabía que no necesitaría mucho para convencerlo antes de rendirse a lo físico, sino en un verdadero compromiso emocional? No, no podría—. Lo siento, no puedo cambiar el pasado, y con quien me he acostado. Lo siento, ¿de acuerdo?
—¿Qué estamos haciendo, Pedro? —La pregunta lo empujó contra la pared cuidadosamente construida. Y cuando la miró a los ojos, como un trueno a través de un cielo vacío, lo comprendió. La vio a ella y todas sus travesuras con nuevos ojos. ¿Paula lo quiere? No podía. No es así. ¿Qué sabe sobre estar con un hombre? ¿Especialmente un hombre como él? Trabajo primero, segundo las relaciones, no amar quizá en lo absoluto.
Pedro volvió a mirar a su mesa. Cesar, Carolina y Monica los miraban boquiabiertos. Mierda. —Ven aquí. —Tomó la mano de Paula y la llevó hacia el final de la entrada trasera que conducía a los baños. No era privada, pero al menos no tenían una mesa de espectadores. Una vez que eran sólo dos de ellos en el vestíbulo débilmente iluminado, Pedro podía sentir el calor de su piel, sentir el olor de su champú y ver el pulso rasguear en su cuello. Tal vez la intimidad era una idea mala.
Apenas estaba fuera de la vista, y Paula en sus brazos. No quiso necesitarle así —usarlo para su comodidad— pero tenía poca opción.
—Paula... —Desprendió las manos de su cintura, sosteniéndola con el brazo extendido—. Dime lo que estás pensando.
Odiaba la manera en que su cuerpo la traicionó cuando Pedro se encontró cerca. Sobre todo porque era tan ajeno a ella. Lo liberó de su agarre, abrazando sus manos delante suyo. —Lo siento, esto es duro para mí. Simplemente odio saber que la tocabas. —Bajó la mirada, incapaz de mirarlo a los ojos, demasiado nerviosa para ver su reacción. Había luchado toda la noche para averiguar cuál era su motivación. ¿Por qué llevarla a su casa en el primer lugar? ¿Por qué planear esta celebración?
—Lo siento —suspiró—. Eso ocurrió antes de que te conociera. Fue hace mucho tiempo y no volverá a ocurrir.
Ella se tragó un nudo en la garganta, tratando de librarse de la sensación emocional, pero no sirvió de nada. Quería más de Pedro. Necesitaba más. Y no tenía idea de cómo decirle. Tendría que enseñarle. No podía seguir viviendo así.
Abrió los brazos, pareciendo sentir el cambio en su estado de ánimo. —Ven aquí.
Su ritmo cardíaco aumento y se metió en sus brazos, permitiéndole que la abrazara. Y todo estaba bien en el mundo. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en su pecho.
¿Por qué él seguía jodiendo con ella? Tenía que mantener su cuerpo bajo control, no permitir que reaccionara cuando se hallara cerca. Era dulce e inocente y necesitaba consuelo —eso era todo. Lo que ella no necesitaba era que se pusiera cada vez se encontraban en la misma habitación. Cristo, ¿Cuántos años tenía, diecisiete? Sus manos acariciaron los brazos desnudos. Era tan suave, tan encantadora y se sentía tan familiar para él, moldeado a su cuerpo de esta manera.
—Sólo llévame a casa... —murmuró suavemente, aun apoyando la cabeza contra su pecho.
No quiso presionar sobre quedarse. Esta noche iba a ser suya —una celebración para demostrarle que estaba orgulloso, pero se dio cuenta de que era demasiado y demasiado rápido. No estaba preparada. —Dime lo que está mal en primer lugar. —Luchó para mantener su pulso bajo control y esperó su respuesta. Sabía que todo lo que Paula quería, se lo daría. Y eso lo aterrorizaba jodidamente.
—Quiero todo esto, lo hago. Mi propia vida, un trabajo, un apartamento. Quiero vivir, Pedro. Vivir plenamente. No me has observad buscando señales de que estoy a punto de perderlo. Quién sabe, tal vez lo haga en algún momento pero, todos lo hacemos a veces, ¿verdad? —No sabía si eso era un golpe contra él, y sus propias pesadillas. Levantó la mano para detenerla, pero Paula lo apartó, y continuó—. Y te necesito, Pedro.
—Me tienes —murmuró, llevando una mano a su cintura—. Lo sabes, ¿verdad? Cristo, Paula, dame un respiro. Este es un territorio desconocido para mí, pero tienes que saber que haría cualquier cosa por ti. Haré lo que sea para mantenerte segura y protegida.
—Pedro... —Su voz era una súplica suave—. Necesito más que eso. Debes saber lo que siento por ti...
Su confesión lo derribó. ¿Cómo habían llegado hasta allí? Entonces se acordó de las comidas que amorosamente había preparado para él, el perrito que había traído a casa para ella, el nuevo guardarropa, pasando los baños de burbujas. Mierda. Nunca tuvo la intención de leer más en ello. Se merecía cuidarla, sobre todo en el frágil estado que había estado.
Cerró los ojos, preparándose para explicarle por qué no podría suceder, sin embargo, al no encontrar las palabras, al no encontrar una sola razón por la que no debería llevarla a casa ahora mismo y desnudarla. No podía entender las locuras que se arremolinaban en su cabeza, lo difícil que era para él resistir a todas estas semanas.
Ella se acercó, poniendo a prueba su determinación. —Por favor, Pedro.
Ya no podía negar la sensación convincente de que se suponía que debía ser suya. Sintió la primera punzada cuando la encontró en esa habitación sucia. Era la cosa más brillante en ese lugar —una luz extraña que emanaba de sus ojos verdes, incluso ese día mientras bebía. Y lo más fuerte que había luchado contra él, todos los días que pasó con Paula sólo aseguró el lugar en su corazón un poco más. —Si hacemos esto... será bajos mis términos, Paula.
Asintió, a pesar de que sus ojos traicionaban su confusión. Pero fue suficiente acuerdo para él. Podría terminar en cualquier momento. Sería la última palabra. —Vamos. —Tomó su mano, entrelazando sus dedos y casi la arrastró hacia la salida.
—¿Qué pasa con...? —Hizo un gesto hacia la mesa.
—Voy a enviarle un mensaje a Carolina y diciéndole que no te sentías bien.
Asintió con la cabeza y le permitió guiarla hacia la puerta.
CAPITULO 42
Paula volvió de su primer día de trabajo para encontrar a Pedro en casa más temprano que de costumbre, y ubicado en la cocina, con una olla de espaguetis.
—Hola. —Sonrió, limpiándose las manos en un paño de cocina antes de venir a saludarla—. ¿Cómo te fue? —preguntó inclinando la cabeza en alto, escrutando su expresión.
Ella le echó los brazos alrededor de su cintura, enterrando la cara en su pecho. —Fue increíble. Estaba muy nerviosa al principio, incluso con una pequeña charla con las otras chicas que trabajan allí, pero estar con los niños todo el día, cambiar pañales, meciéndolos, dándoles biberones, jugar... ¡fue tan divertido!
Pedro se balanceó sobre los talones y le sonrió. —Qué bueno —dijo y le metió un mechón de pelo detrás de la oreja—. Estoy orgulloso de ti, Paula.
Sus palabras hicieron más para calmar su alma de lo que él podía saber. Nunca nadie le había dicho eso antes. Se quedó inmóvil, mirando a los ojos oscuros, absorbiendo la atención. Después de varios segundos, sin embargo, Pedro no había apartado la mirada, y se puso nerviosa bajo la intensa mirada. Se humedeció los labios y dio un paso atrás, con los ojos como dardos clavados en la cocina, porque necesitan estar en cualquier parte, menos en él. —¿Sabes tú, um, cocinar? —preguntó ella, completamente confundida.
Se echó a reír, fácil y sin preocupaciones. —Sí, lo intenté. Es tú primer día de trabajo, así que, uh, quería darte una sorpresa.
—Oh.
Guió el camino a la cocina y Paula lo siguió obedientemente. —Es sólo pasta y salsa de tomate, no te emociones demasiado.
—Huele muy bien. Creo que tenemos pan de ajo en el congelador. Y podría preparar una ensalada —dijo dirigiéndose a la nevera.
Sus manos en su cintura la detuvieron. —No. Este es mi plan. Fuera. —Le dio un empujón juguetón hacia el comedor—. Yo me encargo.
Paula se rió, pero obedeció. —Está bien. —Levantó las manos—. Iré a cambiarme, si te parece bien. Tengo vomito de al menos tres bebés diferentes en mi camisa.
Pedro se rió entre dientes mientras ella se dirigía al dormitorio de invitados. Una vez dentro, se despojó de los pantalones vaqueros y una camiseta de manga larga que se había puesto para trabajar, y después de un vistazo a su armario, se decidió por una ducha rápida. La pasta todavía hervía, así que tenía unos pocos minutos por lo menos.
Se retorció el pelo en un moño desordenado y sintió la temperatura del agua. Era cálida y acogedora. Paula se metió en la ducha con mampara de cristal, agarró la esponja, y echó en todo su cuerpo un jabón corporal con olor a jazmín. Frotó su cuerpo dos veces, disfrutando del agua. Sonrió ante el recuerdo de ser la única capaz de calmar a la inquieta Isabel y la salida de sus dientecitos, hoy en el trabajo. Siempre tuvo un don especial con los niños. Se sentía tan cómoda mientras estaba con ellos. Paula se lavó la cara, alejando ese día, antes de volver a sentir el ritmo del agua entre sus omóplatos. Mmm. Eso se sintió bien. Resultó que, sostener y arrullar bebés durante todo el día fue un trabajo duro, pero satisfactorio.
Paula cerró el agua, se secó con una de las sabanas de baño de gran tamaño que Pedro utilizaba como toallas y se vistió con su pijama favorita, un pantalón corto y una de las camisetas de Pedro.
Volvió a la cocina después de desenredar su pelo y peinarlo. —Mmm. Huele muy bien aquí.
Pedro servía la pasta y gruesas rebanadas de pan de ajo, cuando se acercó a la mesa del comedor. No siguió la sugerencia de una ensalada, pero estaba bien, esto era más que suficiente. —Siéntate. —Hizo un gesto, sacando su asiento.
Paula obedeció, facilitando el acceso a su asiento. —Gracias por cocinar —murmuró, examinando la comida delante de ella. Se veía deliciosa y olía incluso mejor.
—Espera. Una cosa más. —Pedro regresó con una botella de vino tinto en el hueco de su codo y dos copas de vino. Paula lo miró con curiosidad, pero él sólo se encogió de hombros—. ¿Qué? Es una ocasión especial.
Su boca se torció en una sonrisa mientras servía a cada uno una copa de vino de color rubí. —Para ti —dijo mientras puso el vaso en frente de ella.
—Gracias. —Se sentía sofisticado y elegante, tener a Pedro esperándola, y se rió de placer en este momento.
Sus ojos brillaron hacia ella. —¿Qué?
—Nada —respondió, ocultándose en una cara seria.
Pedro estaba tentado a responder, sus ojos oscuros se clavaron en los suyos por un momento demasiado largo, antes de que finalmente sacara su silla y se sentara a su lado. —Así que, ¿te gustó la guardería? —le preguntó mientras tomaba un bocado de pan de ajo.
—Me encantó. Es tan divertido verlos aprender y jugar a esa edad. Y luego cuando se hacen mayores, verlos crecer y descubrir cosas nuevas. Creo que este es el trabajo perfecto para mí. Es básicamente lo que hice en el recinto, pero nunca me pagaron por ello.
Él asintió con la cabeza, tomando un sorbo de vino. —Entonces me alegro por ti.
¿Por qué sonaba tan frío? ¿Y por qué la sonrisa no llegó a sus ojos? Había sido el único en animarla a conseguir un trabajo, y ahora que tenía uno que le gustaba, actuaba extraño. Se metió un gran bocado de pasta en la boca, dándose cuenta de que tenía hambre y no tan preocupada por actuar como dama a su alrededor. Un sorbo de saludable vino tinto siguió. Mmm. Más dulce de lo que esperaba. ¿Así que había cocinado, y abierto una botella de vino? Una gran cosa. Pero eso no era lo que le hacía actuar raro.
Ignoró su extraño estado de ánimo y le dio los detalles de su día, el horario reglamentado en la guardería: 9 a.m. desayuno, luego un cambio de pañal, seguido de una siesta por la mañana, luego tiempo de juego hasta el almuerzo, y entonces el programa se repitió hasta la comida, los pañales, siesta, jugar, antes de que los padres los recogieran. Se echó a reír de sólo pensarlo. Había sido un día completo y ocupado. Pero divertido.
—¿Quieres hijos? —preguntó ella, colocando su tenedor junto a su plato limpio.
Sus ojos brillaron con alarma. —Nunca había pensado en ello, ¿por qué?
Frunció el ceño y se mordió el labio. —Tienes veintisiete; ¿Cómo que nunca has pensado en ello?
—Suenas como Carolina —murmuró en voz baja mientras se llevaba los platos al fregadero.
Paula se quedó sentada en la mesa, con la cara ardiendo como si alguien la hubiera abofeteado. ¿Qué le pasaba esta noche? Se terminó el vino, tratando de recuperar la compostura antes de unirse a él
en la cocina. Echó un vistazo a su vaso vacío y volvió a llenarlo. —Ve a relajarte. —Actuaba dulce, pero sus palabras... las palabras se sentían frías y abrasivas.
—Está bien. Prefiero ayudar —respondió ella, con la voz suave y segura.
Se detuvieron en el fregadero uno al lado de otro, Paula pasaba a Pedro cada plato para poner el lavavajillas. Era súper-consciente de él: sus antebrazos tonificados, su aroma masculino y el físico muscular que se alzaba sobre ella.
Después de terminar los platos en silencio, se retiraron al sofá y Pedro volvió con una película. Era todo para lo que tenía ánimo, descansaba en el sofá, ya que la combinación de trabajar todo el día y el vino tenía la sensación de vacío, pero en el buen sentido. Pedro se sentó a su lado, manteniendo su distancia, pero continuamente llenando los vasos de vino. Por el final de la película estaba un poco borracha. Y querido Dios ayúdala, también se calentó.
Dejó el vaso vacío sobre la mesa y apoyó la cabeza en el regazo de Pedro. Sus manos encontraron su camino bajo el cabello, masajeando su cuello. —Estás tensa —susurró.
Se sentó de repente, cara a cara con él. —Estás actuando raro esta noche. —Se encogió, no había tenido intención de dejarlo escapar de esa manera.
—Lo siento. No te mereces esto.
Quería preguntarle por qué, qué le pasaba, pero llevó la mano a su mejilla, y sus ojos se cerraron ante el toque. Su pulgar le acarició suavemente la cara, el áspero callo le acariciaba la piel de la manera más tierna imaginable. Y todo fue perdonado.
—Para que conste, estoy feliz por ti —susurró, su boca a escasos centímetros de la de ella.
Paula se movió, con una desesperada necesidad de acercarse se revolvió hasta quedar en su regazo. A horcajadas sobre él, puso sus manos en el respaldo del sofá, sujetando el cuero de esté para evitar pasar las manos por su cabello.Paula se lamió el labio inferior, en silencio pidiendo que la besara. Los ojos de Pedro siguieron el movimiento y la mirada se centró en su boca. Exactamente donde lo quería. Sus manos subieron alrededor de su caja torácica, sin atraerla, pero tampoco apartándola, solo manteniéndola cerca de él. Su pulgar se deslizó en un lado suavemente sobre su camiseta, tan cerca de su pecho, pero todavía demasiado lejos Sus ojos se encontraron y Paula pensó que podría disolverse en un charco si seguía mirándola así. Sus ojos se oscurecieron por el deseo, que sólo alimentaba su desesperada necesidad de él. Si no la besaba pronto, se iba a quemar. De eso estaba segura. —Pedro... —Su nombre en sus labios era una súplica silenciosa, una desesperación pidiendo algo que sólo puede ser contestado de una manera.
Pedro agarró la parte posterior de su cuello con una mano, la otra seguía plantada en su cintura y tiró de su boca a la suya. Ese beso no era nada como la última vez, su boca encontró la de ella en una carrera desesperada, sin perder tiempo separando sus labios, su lengua deslizándose a lo largo de la de ella, y la inclinación de la mandíbula para tomar lo que necesitaba. Fue necesitado y sin piedad, mordiendo su labio inferior y ajustando sus caderas con las de ella. Sus ojos se cerraron de pura felicidad y volvió a su mente a un solo pensamiento, Pedro.
Él retiro las manos en sus hombros de mala gana, con los labios aún húmedos y el hormigueo de la pasión detrás de sus besos. Ella luchó para recuperar el aliento, y entender por qué se había detenido.
—Lo siento, Pedro. No puedo —susurró con la voz llena de tensión.
Sus palabras no eran necesarias, la mirada lejana en sus ojos confirmaron lo que había pasado. Se alejaba. Una vez más. Con el corazón encogido, se desenredó a sí misma de su regazo y se dirigió a la habitación de invitados. Se hizo un ovillo en el centro de la cama, tirando a Renata contra su cuerpo y lanzó un profundo suspiro. Luchó para entender su complicada relación, dividiendo sus sentimientos en diferentes compartimentos para poder examinar cada uno, así como el doctor Gomez le había enseñado. Primero fue la admiración, a continuación, la atracción, luego decepción. Lo que sumaron, no tenía ni idea. Pero cada vez que Pedro mostraba un poco de interés, sólo era para alejarse, y finalmente iba a arruinarla. De eso estaba segura.
CAPITULO 41
Esto fue una idea estúpida.
Pedro miró por encima de Paula, preguntándose si podía sentir su estado de ansiedad, pero no parecía sospechar nada. Observó el tráfico por la ventanilla y tarareó la canción de la radio.
Había conseguido sacarla de la casa con el pretexto de llevarla a una comida de cumpleaños. No era una mentira completa. La comida estaría involucrada, pero esto no era el tema principal.
Cuando aparcó frente a la pista de patinaje, miró a Paula. Ella se enderezó y miró fijamente el edificio. —¿Pedro?
Pedro saltó de la camioneta y abrió la puerta. —Solo vamos.
Aceptó su mano, dejando que la sacara del coche. —¿Pero que estamos haciendo aquí?
—Ya verás. —Apretó la boca en una línea cuando el abrumador deseo de sonreír como un idiota le golpeó. Pagó su entrada y llevó a una muy confusa Paula con los ojos muy abiertos.
Las luces en el interior de la pista estaban apagadas, y flashes azules y verdes brillaban por el suelo de madera pulido, bañando a los patinadores en color mientras giraban. Música pop ahogaba todas las conversaciones, manteniendo a Paula tranquila mientras miraba a su alrededor. Había dejado de caminar para ver una línea de patinadores volar junto a ella en el camino hacia la pista. Pedro la tomó de la mano para instarla a moverse. Dirigió a Paula a la fiesta en la sala trasera que había alquilado. Carolina había coordinado la mayor parte de los detalles, pero era su idea lanzarla a la fiesta. Cuando Carolina mencionó la fiesta de patinaje que tuvo cuando tenía diez años, Pedro se aferró a la idea. Le gustaba que pudiera darle una experiencia de la infancia de la que se había perdido, y tal vez incluso enseñarle a patinar. También pensaba que era el lugar perfecto para reunir a Paula con los niños en quienes pensaba diariamente. No sabía si Paula se vendría abajo al ver a todos, pero esperaba que al menos fuesen lágrimas de felicidad.
Quería que disfrutase su cumpleaños, no tener una sollozo-fiesta en sus manos. Pero su vacilación y un repentino silencio le hicieron preguntarse si había tomado la decisión correcta.
Con una mano todavía sosteniendo la de Paula, abrió la puerta de la habitación privada. Fueron recibidos por una explosión de color rosa. Globos, serpentinas de papel crepé, carteles de feliz cumpleaños colgados del techo, y un plato de color rosa con panques glaseados sobre la mesa.
—¡Sorpresa! —Una docena de voces gritaron al unísono.
Paula se quedó boquiabierta, ningún sonido escapó mientras miraba las pequeñas caras frente a ella. Luego se dejó caer de rodillas y soltó una exhalación, como si hubiera estado conteniendo la respiración por semanas.
Los niños corrieron hacia ella, abrumándola y tocando su espalda mientras trepaban en sus brazos abiertos. La sonrisa de Paula era tan grande como nunca la había visto y lágrimas silenciosas se filtraban por la comisura de sus ojos.
Sabía que era un poco arriesgado rastrear a las familias de los niños, enviándoles una invitación a la fiesta de cumpleaños de Paula, pero el riesgo había valido la pena, especialmente para ver a Paula tan feliz. Había prometido pagarles su admisión y alquiler de patines, y casi todo el mundo había aceptado venir. Ver su reunión hizo que el costo valiese la pena.
Una vez que Paula fue liberada de la pila en el suelo, se lanzó a los brazos de Pedro, abrazándolo fuerte, tan fuerte que no podía respirar. No había palabras que pudiesen expresar adecuadamente lo mucho que significaba para ella ver a los niños.
Él besó suavemente su sien. —Feliz cumpleaños, Paula.
Su boca se curvó en una sonrisa y todos sus temores de que esta idea fuese mala, se disolvieron.
Pasaron la tarde patinando, bueno, tambaleándose por el suelo resbaladizo en patines, los cuales, ninguno de los niños habían usado antes, tampoco sus madres, y comiendo pizza y pastelitos. Pedro trató de enseñar a Paula a patinar, una tarea que se hizo más difícil con los niños envueltos alrededor de sus piernas.
Al final del día, una Paula con mejillas rosadas se despidió, e intercambió direcciones de correo electrónico con varias de las mujeres antes de seguir a Pedro al coche. Parecía que hoy le había dado algunos cierres que necesitaba, la capacidad de ver con sus propios ojos que todo el mundo estaba vivo y bien. La profunda satisfacción que brillaba intensamente en sus rasgos era el “gracias, Pedro” que necesitaba
martes, 18 de marzo de 2014
CAPITULO 40
Paula se deslizó fuera de la cama dejando a Pedro dormir un poco más. Se veía tan a gusto cuando dormía, tan despreocupado, que no se atrevía a despertarlo a pesar de que ya se le hacía tarde para el trabajo.
Hizo café y huevos revueltos, añadiendo un puñado de queso rallado como a él le gustaba. Justo cuando las tostadas saltaron de la tostadora, Pedro salió de la habitación, su pelo revuelto como un niño pequeño. Provocó cosas raras en el estómago de Paula. Ella quería pasar sus manos a través de su cabello y plantarle un beso en la boca, pero en cambio se quedó mirándolo.
—¿Por qué no me despertaste? —preguntó, pasándose una mano a través de su cabello, aunque su intento de suavizarlo era inútil. Ocho horas de sueño le habían dado ese estilo y ninguno de sus intentos cambiaría eso.
—Estaba a punto de hacerlo, el desayuno está listo.
Se instaló en un taburete en el bar mientras Paula le servía una taza de café y dejó la taza humeante delante de él.
—Gracias —murmuró.
Sabía por experiencia que era inútil hasta que se tomaba al menos la mitad de su taza. Se tomó su tiempo colocando su desayuno permitiéndole disfrutar de su café en silencio. Dejo su servilleta sobre su regazo y se encontró con los ojos de Paula mientras ella dejaba su plato frente a él.
—De nada. —Ocupó sus manos añadiendo algunos huevos a su plato antes de unirse a él en el desayunador. Podía oler su esencia masculina; una mezcla de su crema para después de afeitar, una pizca de jabón y algo que era único de Pedro. Odiaba la forma en la que hizo que su estómago revoloteara y sus dedos se tropezaran en su tarea, pero se las arregló para bajar su plato a la barra con éxito y se sentó a su lado.
Comieron en silencio y Paula estaba agradecida, Pedro fue introspectivo y tranquilo y era en momentos como estos en los que se encontró preguntándose qué otra cosa no sabía acerca de este hombre. Su mente se dirigió a las desapariciones de Pedro los domingos en la tarde. Tenía curiosidad pero no había corrido directo a preguntarle. Estaba agradecida por Pedro y por todo lo ha hecho por ella, y de alguna manera sabía que se lo diría eventualmente, cuando estuviera preparado. Hasta entonces forzaría eso de su mente y seguiría adelante con su vida. No bombardearía a Pedro con preguntas, no cuando él había sido tan gentil y cuidadoso con su pasado, no iba a permitir que su pasado saboteara la oportunidad de un futuro feliz.
Después del desayuno, Paula en silencio recogió a Renata en sus brazos y balanceó el cachorro silenciosamente contra su pecho, indispuesta en ese momento a ir hacia Pedro por consuelo, como instintivamente quería; en lugar de eso se conformó con el consuelo del dulce cachorro. Quería que Pedro la envolviera en sus brazos y la besara hasta que se fuera su pena, pero el permaneció sentado en el desayunador, apuñalando su desayuno como si estuviera pensando tan duro como ella.
Tanto como Paula quería creer que se había sanado, todo de nuevo, sabía que no era cierto. Todavía tenía pesadillas ocasionales acerca de vivir en el complejo, acerca de Lucas persiguiéndola como prometió y todavía soñaba con el aneurisma mortal de su madre despertando con lágrimas y temblando. Había empujado esos pensamientos, enterrando el dolor y situándose más cerca de los brazos de Pedro esas noches. Eso fue el pasado y no dejaría que la hiriera. En sus horas despiertas, su miedo era diferente, tan agudo como si pudiera extender su mano y tocarlo. Tenía miedo de estar sola, quería que Pedro se fijara en ella como un hombre debería, tomarla en sus brazos, hacerla sentirse deseada, todo de nuevo. Pero cada vez que trataba de mostrarle lo que necesitaba, tentándolo doblando su cuerpo alrededor de él como si fuera a darle una pista de lo que anhelaba, él se tensaba como si estuviera sufriendo y ladraba una excusa para remover sus manos. Su rechazo la arruinaba poco a poco, causando que se preguntara por qué no encajaba en ningún lugar, por qué no era querida.
Tal vez si pudiera romper su barrera le podría mostrar a Pedro lo bien que podrían estar juntos. Puede que no cambiara nada, pero puede que sí, tal vez por fin vería lo mucho que se preocupaba por él y admitiría que tenía sentimientos por ella también.
CAPITULO 39
Las siguientes semanas concluyeron en la misma clase de evitación cuidadosa. Continuaron durmiendo juntos en la cama de Pedro cada noche, pero aparte de acurrucarse, nada físico había sucedido. Pedro estaba seguro que Paula no tenía ni idea de lo muchísimo que él la deseaba; especialmente cuando andaba con esas hermosas y pequeñas bragas-cubre trasero frente a él, o cuando salió del baño sólo vistiendo una toalla, todavía húmeda y rosada, producto de su ducha. Tomó cada gramo de auto-control que poseía para no levantarla, quitarle la toalla, y embestirla una y otra vez hasta que se viniera.
Las cosas más pequeñas comenzaban a encenderlo y se autosatisfacía más de lo que lo había hecho cuando era un adolescente. Aun así le brindó poco alivio al deseo reprimido que albergaba por ella. Pero no la follaría. Se merecía mucho más de lo que él estaba preparado para ofrecerle
Incluso con las tentaciones diarias, las semanas habían transcurrido rápido. Paula se había graduado de su curso de conducción, y el sábado pasado la había llevado a recoger su licencia.
Después de escoger un coche para Paula —un sedan plateado de un año de antigüedad que fue capaz de negociar el precio— Pedro firmó los papeles y escribió un cheque para el pago inicial. El coche no era para nada lujoso, pero nadie lo sabría al mirar a Paula. Después de terminar en el interior, la encontró todavía sentada en el asiento del conductor, inspeccionado cada parte del coche —encendiendo las luces, abriendo y cerrando los diferentes compartimentos como si fuera la cosa más magnífica que alguna vez hubiera visto.
Ella miró a Pedro mientras él se aproximaba a abrir la puerta del conductor. —¿Te gusta? —preguntó, a pesar que era obvio que le había gustado.
—No sólo me gusta. Esto es amor. —Recorrió gentilmente con su mano el tablero.
—Bien. Porque tienes que conducirlo a casa.
Sus ojos se llenaron de gratitud y asintió. —¿Podemos parar de camino a casa e ir a comer? ¿Cómo una mini celebración?
Pedro miró su reloj. —De hecho… tengo que ir a un sitio.
Ella frunció el ceño y jugueteó con las llaves. —Oh, claro… es domingo.
Asintió sin decir alguna palabra, su boca se secó. Había estado esperando a que le preguntara sobre el lugar al que iba cada domingo, pero hasta el momento no lo había hecho. Y no había modo de que él ofreciera esa información voluntariamente. Paula no dijo nada más; simplemente cerró la puerta de su pequeño Sedan plateado y encendió el motor.
Pedro se subió a su camioneta y ajustó su espejo retrovisor para poder mirar hacia Paula. Se veía tan pequeña sentada en el coche, asomando su cabeza encima del volante. Una punzada de pánico nervioso lo golpeó como una ola. Resolvería todo esto. Tenía que. Pero primero tenía que ir a ver a su ex. Apretó el volante y salió del estacionamiento.
lunes, 17 de marzo de 2014
CAPITULO 38
Pedro creía que el yoga debía relajarte, razón por la cual no podía entender por qué Paula había llegado a casa más enojada que un nido de avispas.
Lanzó su tapete de yoga en el closet y luego se retiró a la cocina. Pedro se imaginó que se uniría a él en la sala para contarle todo sobre su día, a hablar emocionadamente como hacía cada vez que vivía una nueva experiencia. Miró su reloj. Hora de la cena… tal vez estaba ansiosa por comenzar a cocinar. Pero no sonaba como si estuviera cocinando, más bien castigaba a la vajilla.
—¿Paula? —Pedro se asomó a la cocina, donde el estruendo de ollas y cacerolas comenzaron a alarmarlo.
—¿Qué? —Se giró rápidamente, sosteniendo un gran cuchillo de cocina.
—Woah. —Levantó las manos—. Sólo quería saber cómo había ido el yoga.
Ella entrecerró los ojos, rehusándose a bajar el cuchillo. —Bien —soltó en un tono cortante.
Él dio un paso atrás. —¿Pasó… um, algo? —Sus cejas se arrugaron con preocupación.
—Nop. —Cortó a un tomate maduro con tanta fuerza que un salpicón de semillas y jugos mancharon la encimera.
—¿Estás segura? —Se atrevió a dar un paso adelante—. ¿Te… divertiste?
Aún estaba vestida para ejercitarse, un par de pantalones ajustados negros que apretaban su trasero de una manera que lo distraía completamente. Dios bendiga a quién inventó los pantalones de yoga. Su camiseta sin mangas blanca estaba algo arrugada, mostrando un línea de su piel desnuda en su cintura y espalda. Imágenes de él acariciando aquel trasero con sus palmas, junto con los recuerdos del sabor de su piel, bailaron a través de su subconsciente.
Dios santo, la deseaba.
Demasiado.
Había intentado evitar estar a solas con ella desde que se había rendido y dado placer. Por más que quisiera repetirlo, no se había atrevido a hacerlo. Durante toda la semana pasada, trabajó hasta tarde, iba al gimnasio después del trabajo, iba al pub de Cesar por una bebida, entonces llegaba a casa y se metía en la cama mientras ella dormía. Claro, eso no había hecho que dejara de enredar su cuerpo alrededor del suyo, soltando un pequeño suspiro de felicidad sobre su pecho, o envolviendo sus brazo alrededor de ella para que pudieran dormir de lado. Ciertamente no tenía vergüenza de tomar lo que necesitaba cuando de afecto físico se hablaba, pero ninguno había hablado sobre su relación, o lo que fuera esa cosa entre ellos.
Dejó caer el cuchillo, dejándolo sonar fuertemente contra la tabla de picar, olvidando su tarea momentáneamente. —¿Divertirme? Hmm, veamos. ¿Fue divertido ver a la chica que trajiste a casa doblar su cuerpo en poses imposibles durante noventa minutos? No. Supongo que no lo fue.
—Paula. —Su tono era seco, ella lo miró a los ojos.
—¿Qué, Pedro? ¿Qué?
Él tragó y examinó el suelo entre ellos acercándose otro paso. —Primero, entrégame el cuchillo. —Su agarre se cerró alrededor de su muñeca y con su mano libre, deslizó el cuchillo lejos de ella, por si acaso. Nunca la había visto tan exaltada. Estaban parados a unos pocos centímetros y Pedro podía sentir el calor irradiando de su cuerpo. Podía oler las dulces notas florales de su champú violando su resolución. Se imaginaba inclinándose y poseyendo su boca con un beso. Quería sentir sus llenos labios separándose para él, aceptándolo, y recordar la forma en que su pequeña lengua se acariciaba contra la suya hizo que sus bolas dolieran. Pero incluso mientras procesaba todo eso, en lo que toma dos pálpitos de corazón, él sabía que no la besaría. En vez de hacerlo, cerró los ojos con fuerza, obligando a su erección a ceder—. Dime qué es lo que realmente te molesta.
Paula bajó la mirada, peleando consigo misma sobre qué decir a continuación. ¿Qué podía decirle al hombre que la hizo sentir que le importaba un minuto y la puso tan furiosa al otro? No quería parecer desagradecida, pero alguien tenía que ceder. Ella necesitaba entender qué era lo que pasaba por su cabeza. Había tenido problemas durante la lección de yoga de esa noche, odiando tener que ver a la instructora con la que se había acostado, mover su flexible cuerpo en todo tipo de posiciones. ¿Por qué la había traído a casa, la había traído aquí a vivir con él en primer lugar? ¿Por qué pasar por todo eso si en realidad no la quería? —Si no me quieres, ¿por qué simplemente no me dejaste donde estaba? —Bajó la mirada, incapaz de mirarlo a los ojos, pero aun así buscando desesperadamente una reacción.
—¿Dejarte allí? ¿Estás loca? Aquél imbécil de Jorge estaba loco. Deberías estar agradeciéndome por sacarte de allí.
—¿Agradecerte por destruir la única familia que conocía? ¿Por traerme aquí donde no puedo hacer nada más que sentarme, preocuparme y reflexionar sobre todo lo que perdí? —Una simple lágrima se deslizó por su mejilla antes de atraparla con el dorso de su mano.
—Tenía que sacarte de allí, y no me arrepiento de haberte traído aquí, tampoco. —Suspiró—. Sé que debe haber cosas… personas, que extrañas.
Ella tragó el nudo de su garganta, un nuevo ataque de emoción cubriéndola. —Estaba así de cerca de lograr entrenar a Camila para que usara su orinal. —Sostuvo sus dedos a un centímetro de distancia. Extrañaba a aquella luchadora niña de dos años con una maraña de rizos rubios—. Y Cata, el miembro más viejo, era mi única fuente de cordura. Era la única que podía hacer que Jorge entrara un poco en razón. Su pastel de arándanos era mi favorito. Tenía la teoría de que solamente con su pastel podía resolver la mayoría de los problemas del mundo.
Pedro sonrío y tomó su mano. —Recuerdo leer sobre Cata en el archivo del caso. Vive con su hija adulta en Denver ahora.
El corazón de Paula saltó en su pecho. Cata y su hija se habían peleado hace años. La puso feliz saber que se habían reunido. Sabía que todos seguían con sus vidas, y necesitaba hacerlo, también. Pero era tan duro. Odiaba no saber qué vendría para ella y Pedro.
Lo miró desafiante, incitándolo a que dijera algo, cualquier cosa que pudiera explicar lo que sucedía entre ellos, pero él permaneció en silencio, su expresión cansada e insegura.Perdido sin saber qué decirle a Paula para hacerla sentir mejor, Pedro dejó caer su mirada y deslizó una mano por su nuca. —Ve a ducharte. Ordenaré la cena esta noche. —La dejó ir, y Paula se tambaleó, alejándose con piernas temblorosas, por el entrenamiento de yoga o por el deseo intensificándose entre ellos, no lo sabía con seguridad.
Respiró profundamente, intentando calmar sus agotados nervios. Si las cosas se volvían más calientes, él echaría a arder. Buscó por su teléfono móvil y ordenó comida china.
Cuando Pedro fue a la cama esa noche, Renata se encontraba desparramada en el medio. No podía evitar preguntarse si Paula había colocado al perro en la cama para crear una pared física entre ellos. Levantó las sábanas y tiró de la manta hacia él, sin ser generoso de no despertar al perro. Parte de él esperaba que la maldita cosa caminara de vuelta a su caseta en el dormitorio de huéspedes donde normalmente dormía. La bestia era una pequeña aguafiestas.
CAPITULO 37
Por mucho que Paula quería admitir que Pedro no le afectaba como él no parecía afectado por ella, no podía. Sobre todo porque al mirarlo con esa otra mujer le había roto el corazón en mil pedazos pequeños. Había empezado a enamorarse tontamente de él, sus demostraciones amables, su carácter bondadoso, su fuerte ética de trabajo, todo en él y desde que le vio hacer el amor con esa mujer , su cuerpo había unido fuerzas con el corazón, el dolor abarcaba todo, poseyéndola de adentro hacia afuera.
Lo echaba de menos cuando se encontraba en el trabajo. Extrañando su olor, su calor y el tener a alguien para compartir pequeñas cosas. Como cuando Renata saltó en el sofá, por primera vez, confundida en cómo había llegado hasta allí, o cuando por fin pudo lograr la receta de su pastel favorito que su amiga Cata hacía para ella.
Prácticamente lo atacaba cuando llegaba a casa del trabajo, desesperada por el contacto y la atención. Y él siempre lo permitió, pero nunca animó algo más entre ellos. Paula sabía que era hora de encontrarse un trabajo, tener algo a lo que dedicar su tiempo y atención, valdría la pena, más que cuidar de Pedro hasta la muerte. A pesar de que nunca se quejaba.
Pero incluso mientras planeaba el futuro, no pudo evitar que sus pensamientos vagaran hacia Pedro. La forma en que sus intensos ojos oscuros se sentían en su piel, sus roces casuales... dudaba que él tuviera alguna idea de lo loca que eso la ponía. La forma en que sonreía cuando tomaba el primer bocado de comida que había cocinado, el aspecto que tenía con la camisa arremangada al llegar a casa del trabajo. Ella encontró casi todo lo hacía sexy. Y no quería comenzar con su olor, cuando llegaba a casa del gimnasio, la piel brillante y los pantalones cortos que colgaban sueltos en las caderas. Le tomó toda la fuerza que poseía para no saltar sobre él.
Nunca había tenido sentimientos como estos antes, y no se trata de cualquier persona, finalmente, había reunido el coraje de hablar con su terapeuta al respecto la semana pasada. Él le había asegurado que sus sentimientos hacia el sexo opuesto era completamente normales y de esperarse, ya que vivía en un lugar cerrado con alguien a quien se siente atraída. Pero le había advertido acerca de cómo involucrarse con Pedro, diciéndole que si él no sentía lo mismo, saldría lastimada.
Paula se había desnudado para Pedro, y no había terminado tan bien. Claro que le había tentado lo suficiente como para darle un beso en todos los lugares correctos hasta que se disolvió en placer, pero luego le había colocado las bragas en su lugar y se fue como si nada hubiera pasado entre ellos. Parecía que nada de lo que hacía lograba que la viera como una verdadera mujer. Aún veía a la chica asustada, la de vida cansada que había rescatado. Cuando por fin la besó —un beso lleno, sensual de boca abierta, pudo decir que eso si le afectó, sin embargo, no se dejaba ir con ella. Brevemente se había preguntado si tal vez era gay, pero sabía que aceptó los placeres simples del contacto entre ellos, incluso si eso era todo lo que era —el calor de otro cuerpo. Así que fue a una cita con Patricio, y luego esta mañana habló con Pedro para obtener su licencia de conducir y su propio trabajo. Había llegado el momento de pensar en su futuro, aunque podría ser bastante aterrador, no sólo porque significaba confiar sólo en sí misma, sino porque la idea de estar lejos de Pedro se sentía como una pérdida que no podría manejar. Había estado enamorándose de él desde el primer momento en que lo había visto con el arma apuntando, y sus oscuros e inteligentes ojos arrasando la habitación donde ella se escondía.
Cuando Pedro se fue a trabajar esa mañana, ella limpió la cocina, pulió las encimeras de granito negro, y luego se colocó en la mesa del comedor con su ordenador portátil. Comenzó a buscar trabajo y averiguar el costo de los apartamentos. Ya era hora de hacer un plan. No podía confiar en la generosidad de Pedro para siempre.
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